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Poemas y textos

De amor y carne
                       Duermes 
EN LA calle, el mutismo nocturno
del mundo que se nos impone a diario,
en el que no sabemos existir...

En la cama, el amor presente

con hambre de futuro.
Nuestra propia atmósfera
nuestro inventario de recuerdos
los códigos secretos,
la llave que perdemos adrede
si deseamos que sea hermética la huída,
en completo e íntimo silencio.

Y es la piel, tu piel

la que oxigena los segundos que me quedan
antes de que llegue el día...y despiertes,
y despertemos
para intentar soñarlo todo.


 

In Loving Memory
Riotinto. Febrero 2006
Te he visto. Entre los setos y casas victorianas. Entre las sombras somnolientas del Barrio Inglés. Esperándome junto a la vieja capilla, enferma de presente  y ha atravesado mi cuerpo su pasado.
Te he visto sonreír en el reflejo rojo del agua, roja, sangre de metal.  Líquido cortante, sobre los recuerdos secos, veneno que me pudre los zapatos hasta herirme los pies.

Te he visto, si. Entre los nichos y enredaderas del pequeño cementerio, que asaltábamos  como niños alevosos, con nocturnidad impaciente.
Y te veo, siempre que quieres. Igual que en esta noche sin aire, en que mi sueño huye a través del mar a oscuras. Y es mi libertad, la que llega a ti y te besa en los ojos.

Te he visto. Y no es posible.

Por eso siempre tengo frías, y desamparadas las manos.




En otro orden de cosas, TÚ.

“Nunca te tengo tanto como cuando te busco
sabiendo de antemano que no puedo encontrarte”.
Ana Rossetti
Admito que mi cura es tu cuerpo.
Es empíricamente demostrable.
TÚ en altas dosis, intravenoso
amor líquido. TÚ bajo mi lengua.

Y tus manos, aún vistas desde lejos
provocan mil seísmos despiadados
de telúrica convulsión ansiosa
que reabren  sangrantes y viejas fisuras.
Afirmo que el remedio es acecharte,
esperarte, con el miedo desnudo,
y ser yo quien de ti brote al lamer
el musgo bajo el hueco de tu sombra.

Y es la anatomía de tu existencia
el antídoto al desvalimiento crónico
que mantiene cosida mi cintura
al más cruel y mortal aburrimiento


TUMBADO boca abajo, desnudo, así
como yo te recuerdo,
sin sombras ni dudas, sólo la piel
caliente y sin reservas.
                  Tú. 
Del altar, descendido,  hasta tocarme,
redondeando mis vértices
hasta hacerlos sucumbir,
temblar y hacerse espuma.

Y fue antes de estar muerta
que tus dedos, como ágiles delfines
nadaron en lo oscuro…

Crujió la arena al filo de tu vientre,
y tu ardor me estalló en las comisuras.


Quisieron mis instintos atraparte.

Pero subió la marea.

Saturada de azul,
igual que los ojos de las sirenas,
de tanto buscarte en aguas nocturnas
se hundieron mis cimientos
en la orilla del tiempo.
Ahí permanezco, aún 
en este fútil armazón sin pulso.

Pero ya no me busques,
que ya me han enterrado entre las rocas,
muy cerca del rompiente,
y se han  fosilizado mis caderas.


De abrir los ojos para ver el mundo
Suicidio prescriptivo 


No. Yo no quiero formar parte de esto.
De tanta estupidez tóxica.
De tanta miseria cerebral contagiosa.

Pobredumbre del espíritu:
la pandemia peor.
Edematiza el alma,
gangrena la voz,
cristaliza los sueños.

No. Yo no quiero formar parte de esto.

Hoy han encontrado mi cadáver
en avanzado estado de autocompasión
y restos de Dios bajo las uñas.


 Lo innecesario 


No era necesario salir a la lluvia
aún convaleciente
tras la última tormenta.

No era necesario derramarse
en gotas escasas
que arden
en lo más hondo de la sed.

No era necesario, desollar silencios.
Ni buscar tu eco en palabras sordas.

No era necesario dar las gracias.
Ni vivir, ni morir.
Ni ser de otra manera.
Ni culpar, ni arrepentirse.
Ni dormir sin sueños.
Ni soñar con que se duerme…
ni amarte ni que me ames.

No era necesario estar.
Porque necesito sólo flotar
sobre la corriente
de los días superfluos,
aquellos en los que te sobrevivo.






 
Yo no soy Dorothy
“Era yo un niño cuando los peces no andaban,
cuando las ocas no decían misa
ni el caracol embestía al gato”.
Rafael Alberti
¡Eh! Me persigue un vampiro y
no sé como llegar a Oz.
Y este zapato no es mío,
no los uso de cristal.

¡Eh! Yo no soy Dorothy, no.
Ni Alicia, tampoco un hada
o delicada princesa.
Ya no.
      Antes sí. 
              Ya no…
¡Eh! Me persigue un vampiro
peligroso: la Cordura.
Y viene a saciar su ansia
llenándose las reservas
de fantasía y delirio…
Viene a seguir creando más
seres cuerdos,… ¿privilegio?

¡Eh! Me persigue un vampiro.
Dudo: ¿dejar que me alcance?
               No.
Prefiero: sí, soy Dorothy,...
mejor loca que con sed.


 LA UTOPÍA


Alimentábamos la posibilidad
a base de utopía, bebíamos
fuentes, ríos, de tiempo por delante.

Hurgábamos en las entrañas de todo
sin miedo a que doliera.

Buscábamos los versos más valientes.

Mirábamos de frente a las palabras
y éstas nos salían al encuentro.

Bandadas de mil poemas temerarios
se erguían en nuestro viaje, abordaban
el camino y parábamos
a recogerlos, siempre, en los arcenes.

Nosotros éramos puros.
Ahora caminamos en la sombra.


 Insomnio
El insomnio tiene alas,
y afilados colmillos,
y garras crueles que me hieren los ojos
abiertos al cansancio noche a noche.

El insomnio se ríe,
al dejar su rúbrica en mi espejo.
Me observa en la mañana
oculto tras de mí
y arrebata mis restos de equilibrio.
El insomnio desliza
a placer su espectro entre el tráfico,
dejándome torpe y libre  a traición,
precipitándome al fondo del sueño
mortal e inoportuno.

Pero antes de arrojar
mi vida desvelada
a la sima profunda del delirio,
te tendré, a ras de amor,
volverás a mi cama,
a enredarte en mi deseo,
a agotar la energía
de todos mis tejidos.
Bendita tu llegada.
Bendita la luz que traes.

El insomnio al sentirte
deshace su guadaña
en filamentos, gotas
que se esparcen, se secan, se evaporan…
Por fin desaparece.



Él vive justo frente a mi casa. Suelo verlo entrar y salir. Pasea a sus perros, saca la basura, marcha al trabajo, vuelve del trabajo, entra, sale, entra, sale,...
Desde la ventana de mi dormitorio puedo ver la ventana de su cocina. Desde la ventana de mi cocina, veo la ventana de su dormitorio. Vive con su novia, pero a ella no la miro. Tampoco la veo.
Suele cocinar en slip. Debe hacerlo adrede, para que yo adivine sus atléticas formas a través de la persiana. La persiana que nunca cierra, porque hace calor. Hace calor...
Se recoge las larguísimas rastas rubias en un moño alto. Parece un efebo, un samurai (yo contengo el impulso de gritarle bravo, a lo Vicky Larraz, temo que me oiga).
Con precisión de cirujano pela las zanahorias, corta en juliana los pimientos, la cebolla, el ajo en trocitos, muy finos, como sus dedos... y va desgranándome las ganas.
Él vive justo frente a mi casa. Sale, entra, entra y sale.

Suelo verlo vivir, lo observo con ansiedad pecaminosa.
Él me da las buenas tardes, si alguna vez me mira, sin verme.
A lo mejor piensa que soy una señora respetable.