Poco a poco me voy desperezando, y sacudiéndome los restos del sueño, ni bueno ni malo, ni pesadilla ni todo lo contrario. Simplemente me tocó parir, como viene ocurriendo desde que el mundo es mundo y la mujer es mujer y decidió ser madre .
Ahora sé qué significa eso de amar desde las entrañas, justo desde el núcleo del dolor y del amor.
Ahora sé cual es la verdadera dimensión de la alegría, de la ilusión, del llanto, del miedo, de la incertidumbre más atroz.
He experimentado en las carnes aquello de ser única y común, el frío más intenso y la soledad más íntima, la del auténtico origen de la sangre y los huesos.
Y sigo regodéandome en el milagro, aún a riesgo de pecar por exageración.
De momento, he cambiado la literatura escrita, el oficio, el aplauso hipercalórico, los proyectos más o menos absurdos que me comen el tiempo y el espíritu (los proyectos que merecen la pena sabrán esperar) por la borrachera, el empacho a conciencia de estar mirándola durante horas, maravillándome al observar los deditos de sus pies minúsculos, sorprendiéndome cada día con una sonrisa nueva, o fabulando historias para ella. Se me escapan las semanas simplemente a la vera de su cuna, velando sus noches...
Esto es para mí la auténtica poesía.