Hoy he mantenido una conversación de lo más interesante con un amigo y compañero en estas lides de ir escribiendo en los ratos libres. Sí, esos que quedan cuando llegas a las cuatro de la tarde después de trabajar a kilómetros de casa, después de dar clase a adolescentes, o hacer el intento, atender a los padres de esos adolescentes, corregir exámenes, ver uno o dos pisos con intención de compra, hacer números para ver si llegamos o no a la hipoteca, reservándonos un "cachito" de esperanza para que el banco diga "sí", y un largo etcétera. Que osadía escribir algo decente con las cuatro neuronas convalecientes que te quedan...
Mi amigo, con la autoestima bajo mínimos desde que no paran de rechazarle manuscritos en varias editoriales, ve como su admirable y férrea voluntad se quiebra al ver en el periódico continuamente en presentaciones de obras propias o presentando a colegas, en charlas, coloquios y entrevistas a algunos conocidos más mediocres que él (porque eso se sabe, qué puñetas), que se dedican a esto de juntar letras (y cobran por ello, y mucho) me decía esta mañana: a lo mejor no tengo suficiente calidad literaria. A lo mejor no escribo bien.
Quizás mi amigo tenga razón. Y somos muchos los que pretendemos hacernos sitio en un mundo donde lo que importa es que seas un estratega de los contactos sociales, y el "estar en el sitio adecuado en el momento adecuado". ¿Así de azaroso es todo?
Me temo que sí. Me ha hecho reflexionar sobre el motivo que me impulsa a escribir, ¿qué es lo que persigo? ¿Qué perseguimos?
Quizás mi amigo se equivoca. Y sí que escribe bien. ¿Quién hay para juzgarle? ¿Tribunales censuradores que examinan continuamente a los noveles? No sé, no sé... Los criterios, por más que los busco en internet, no los encuentro. Para dedicarse a escribir, poder publicar, que te den la oportunidad de que te lean, para cumplir un sueño, no hay oposiciones ni salen convocatorias públicas a las que apuntarse ni bolsas de interinidad ni sindicatos que luchen para que en los medios, por ejemplo, no se promocione siempre a los mismos.
Y sin querer las carcajadas me sobrevienen cuando me insinua el erudito y docto de turno: preséntate a concursos...
Volviendo a los baremos que miden a los buenos escritores y escritoras, confieso que antes no sabía tampoco que era buena literatura o mala literatura. Era más pura, más natural, y leía lo que me daba la real gana, y me gustaba lo que me gustaba. Lo que me hacía feliz era para mí buena literatura. Aquel libro cuyo lenguaje estaba tallado con mimo, para deleite del autor y del lector, con una trama emocionante capaz de conectar con algún mecanismo interno y personal que convierte ese libro en algo especial, parte de la historia de uno mismo.
A estas alturas, que alguien me explique que es eso de escribir bien o escribir mal, tener categoría literaria, calidad, chispa, carisma, etc.
A lo mejor no son sinónimos estos términos, y aluden a conceptos bien diferentes.
Conozco (todos conocemos) escritores y escritoras sin calidad literaria en absoluto, pero que venden libros, viven de ello y tienen carisma, chispa, mucha categoría social o prestigio, o como puñetas se llame esa situación en la que todos te hacen la pelota continuamente.
Escritores y escritoras que van camino de engrosar una amplia trayectoria de publicaciones infumables, pero en editoriales de renombre, camino de que se les ponga una fundación subvencionada, y con hordas de fans que hacen cola para que les firme un ejemplar del último best-seller de turno (el cortinglé debería vender estos libros con la firma del autor o autora ya incorporada).
También conozco escritoras y escritores de gran calidad literaria, pero sin chispa ninguna, ni carisma, ni habilidades sociales, ni tendencia política declarada o militancia (en el partido que pega fuerte, por norma general), sin adhesiones a hipócritas grupos ni asociacionismos absurdos, ni con cuota fija en ningún club de gente culta y docta en letras y eventos de índole cultureta. Por norma general estos autores (y autoras, que hay que hablar y escribir así desde que la de Alcalá se viste "guay" para salir en la tele hablando de que mis alumnas descerebradas de dieceséis años pueden abortar cuando les plazca, o lo que es peor, en vez de comer gusanitos engullan píldoras postcoitales, pero de eso hablaré otro día) escriben en la sombra, escriben porque lo necesitan, lo hacen bien, y aún así se sienten acomplejados en el fondo o están ninguneados por no aborregarse como un monigote más del politiqueo.
Siempre hay excepciones, claro está, y hay autores (ahora generalizo con el masculino y punto) que también conozco que están en el punto medio, en su justo medida, virtuosos ellos, que escriben de forma aceptada por la sociedad y las ferias del libro del momento, y además escriben obras de calidad. Pero son los menos.
En todos los gremios hay manchas, un lado oscuro justo detrás de la cara de la luna que vemos, y brilla y embruja...
Es fácil dejarse aturdir por el resplandor de los cáterings a posteriori en una presentación de un libro propio, con lleno hasta la bandera, halagos por doquier y críticas formidables a diestro y siniestro.
Pero los laureles son efímeros, duran poco. Luego llega el día a día, la aceptación de la gente, el jugar a rol en vivo prácticamente maquinando estrategias para entrar en este o aquel círculo, para que fulanita de tal que es presidenta de la asociación pascual te admita como "uno de ellos" y entres a formar parte del engranaje de los que "escriben bien".
A mi amigo le comentaba esta mañana que me he sentido perdida.
Yo tampoco sé si escribo bien o mal. Pero lo que tengo claro es que he aprendido mucho, en poco tiempo, y ahora sí sé discernir aquello que me importa.
Y lo que realmente merece la pena es escribir, como afición, pasión, necesidad. Para comunicarnos, para enamorarnos, para sufrir y erotizarnos también. No hay que perder de vista las historias, los personajes, las letras, los versos, las palabras exactas con el color exacto de ese pensamiento que viene y te besa en plena noche, para que lo guardes en los labios hasta el día siguiente en que lo dejes salir concibiendo un poema más.
Y creo que si me lo propongo, encontraré la esencia y las respuestas: volver a cuando era una niña y leía, y escribía cuentos y poemas para llenar los ratos de soledad y aburrimiento. Y grapaba las cuartillas formando libritos, y los ilustraba, y me los autoeditaba (la autoedición no es ninguna deshonra, es un acto de amor) haciéndoles una portada con títulos sugerentes a base de letras grandes que coloreaba con mis rotuladores, y los regalaba a mis padres, a mis primos, a mis amigos,...
O cuando contaba relatos de terror a las compañeras del cole, y lograba que lloraran de miedo...
Eso es literatura (lo sé, y mala leche también).
Escribir para llenar huecos, y no para ser políticamente correcto.
Por ello mi amigo y yo debemos mantener la autoestima literaria alta, y seguir escribiendo, porque sí que hay un hueco para nosotros, y seremos inmensamente ricos. Llenaremos las alforjas de cariño y reconocimiento, si nos mantenemos íntegros en aquello que creemos.
Y a quien no le guste, que no mire...