
Hoy registrándome en una nueva cuenta de correo para poder crearme un álbum de fotos digital, he caído en la cuenta, de nuevo, de que ya no estás.
Al final del cuestionario, debía indicar una respuesta a una pregunta que se expandía en un menú de esos desplegables y fríos: ¿Cómo se llama tu mascota?
Y he respondido: mi perro se llama Guay.
Pero ya no tengo perro. Ni tengo cuenta nueva de correo, porque no puedo seguir rellenando casillas...
Ya no tengo mascota, por tanto lo que parece un absurdo y aburrido cuestionario para el no menos absurdo y aburrido registro virtual me ha llevado a la más absoluta, pero para nada absurda, de las tristezas.
Te has ido, cocker loco y atolondrado. De ojos chispeantes y más humanos que muchas miradas que me cruzo a diario en animales bípedos y con carrera...
No te has despedido, porque no sabías del todo que te ibas, aunque te pesaban los años a sobremanera, y tu corazón exhausto pedía un respiro en esa tosecilla de viejete que últimamente anunciaba que pasabas por una u otra habitación, dejando a tu paso el clic-clic-clic de tus patitas sobre el mármol... y que aún espero y deseo escuchar...
Mi perro, mi amigo, se ha largado de golpe, sin rechistar, en una soporífera muerte intravenosa.
Cuando te pusieron tu correíta verde, mordisqueada en tus felices tardes tumbado al sol en el jardín, para llevarte a la patibúlica clínica, pensé que te volvería a ver, y volvería a acariciarte suavemente el lomo y las orejas.
Ya no te cabrearás más como cuando gruñías para dejar claro que tenías carácter y "personalidad" al yo ir fastidiando interrumpiéndote el sueño para jugar contigo, y tirar de tus patas para que saltaras y corrieras, cuando tú sólo querías echar un sueñecito.
Que de momentos de mi niñez, de mi adolescencia, de estos últimos y extraños años, he vivido y compartido contigo Guay.
Y es que hasta tu nombre era culpa mía, y consecuencia de mis pocos años. Y es que eras así, lo más "guay" que me ha dejado la Navidad bajo el árbol.
No he vuelto a sentir lo mismo nunca más. Y ya no habrá un día de Reyes mejor que el que te encontré en el salón, en una pequeña cesta, con un enorme lazo de regalo azúl. Eras para mí, eras parte de mi vida...
Cabías en mi mano, y para que no te enfriaras envolvía tu cuerpecillo de peluche en un trapo nuevo de cocina.
Hace cuatro meses que ya no estás, después de diecisiete años, y aún parece que te subes a los pies de mi cama, a calentarme los pies.
Tantos años, tantos meses, tantos días, todos los instantes...
Pensé que estarías siempre esperando a oir el timbre de la puerta, para recibirme a puro brinco y alegría.
Ahora me siento un poquito más sola en este mundo.
Imposible reemplazarte,negro cocker loco y atolondrado, simpático amigo gruñón.
Y desde el sentimiento de pérdida, y desde el dolor, que sólo conoce y siente el que de verdad ha tenido y querido a su mascota, como alguien más en su familia, he reunido fuerzas para rendirte este homenaje, pequeñísimo, comparado con toda la grandeza de cariño que me dabas porque sí.
Te echo de menos, mi perrito.
Descansa en paz, querido Guay.
Al final del cuestionario, debía indicar una respuesta a una pregunta que se expandía en un menú de esos desplegables y fríos: ¿Cómo se llama tu mascota?
Y he respondido: mi perro se llama Guay.
Pero ya no tengo perro. Ni tengo cuenta nueva de correo, porque no puedo seguir rellenando casillas...
Ya no tengo mascota, por tanto lo que parece un absurdo y aburrido cuestionario para el no menos absurdo y aburrido registro virtual me ha llevado a la más absoluta, pero para nada absurda, de las tristezas.
Te has ido, cocker loco y atolondrado. De ojos chispeantes y más humanos que muchas miradas que me cruzo a diario en animales bípedos y con carrera...
No te has despedido, porque no sabías del todo que te ibas, aunque te pesaban los años a sobremanera, y tu corazón exhausto pedía un respiro en esa tosecilla de viejete que últimamente anunciaba que pasabas por una u otra habitación, dejando a tu paso el clic-clic-clic de tus patitas sobre el mármol... y que aún espero y deseo escuchar...
Mi perro, mi amigo, se ha largado de golpe, sin rechistar, en una soporífera muerte intravenosa.
Cuando te pusieron tu correíta verde, mordisqueada en tus felices tardes tumbado al sol en el jardín, para llevarte a la patibúlica clínica, pensé que te volvería a ver, y volvería a acariciarte suavemente el lomo y las orejas.
Ya no te cabrearás más como cuando gruñías para dejar claro que tenías carácter y "personalidad" al yo ir fastidiando interrumpiéndote el sueño para jugar contigo, y tirar de tus patas para que saltaras y corrieras, cuando tú sólo querías echar un sueñecito.
Que de momentos de mi niñez, de mi adolescencia, de estos últimos y extraños años, he vivido y compartido contigo Guay.
Y es que hasta tu nombre era culpa mía, y consecuencia de mis pocos años. Y es que eras así, lo más "guay" que me ha dejado la Navidad bajo el árbol.
No he vuelto a sentir lo mismo nunca más. Y ya no habrá un día de Reyes mejor que el que te encontré en el salón, en una pequeña cesta, con un enorme lazo de regalo azúl. Eras para mí, eras parte de mi vida...
Cabías en mi mano, y para que no te enfriaras envolvía tu cuerpecillo de peluche en un trapo nuevo de cocina.
Hace cuatro meses que ya no estás, después de diecisiete años, y aún parece que te subes a los pies de mi cama, a calentarme los pies.
Tantos años, tantos meses, tantos días, todos los instantes...
Pensé que estarías siempre esperando a oir el timbre de la puerta, para recibirme a puro brinco y alegría.
Ahora me siento un poquito más sola en este mundo.
Imposible reemplazarte,negro cocker loco y atolondrado, simpático amigo gruñón.
Y desde el sentimiento de pérdida, y desde el dolor, que sólo conoce y siente el que de verdad ha tenido y querido a su mascota, como alguien más en su familia, he reunido fuerzas para rendirte este homenaje, pequeñísimo, comparado con toda la grandeza de cariño que me dabas porque sí.
Te echo de menos, mi perrito.
Descansa en paz, querido Guay.


